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Autor de este artículo:

Julio César Solís Castillo

Docente
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Factores de riesgo y protección en la adolescencia

Publicado el 21/06/2012. Visto 5105 veces.
Una breve investigación sobre los factores de riesgo y protección en el desarrollo adolescente

Los factores de riesgo

El riesgo puede definirse, en términos generales, como la exposición a circunstancias que aumentan la probabilidad de manifestar algún comportamiento desviado.

La investigación psicológica, en particular, ha demostrado que determinadas condiciones familiares constituyen la ocasión o actúan como determinantes para la desaparición de valores en la niñez y la adolescencia. Por ejemplo, el impacto del ambiente socioeconómico desfavorable y de la estructura o composición familiar, así como de la patología manifestada por los padres, se ha valorado como especialmente determinante en la aparición de problemas en los hijos (Gotlib y Avison, 1993).

Se ha descrito el impacto negativo de un entorno social empobrecido en el rendimiento escolar de los niños, en trastornos emocionales o en el incremento de la delincuencia juvenil (Loeber y Stouthamer – Loeber, 1986), y en la aparición de perturbaciones conductuales infantiles, especialmente en psicopatología externalizada, como los trastornos de conducta y el déficit de atención (Vélez, Johnson y Cohen, 1989). La relación entre trastornos de conducta y bajo nivel socioeconómico no ha sido bien confirmada en otros estudios (Gotlib y Avison, 1993), siendo en cambio más clara en familiar atendidas en programas de beneficencia y servicios sociales, tal vez porque en dichas familias confluyen de manera especial otros factores de riesgo, además de la pobreza, como son una escasa educación, paternidad juvenil u otras circunstancias negativas (Offord, Boyle y Jones, 1987).

La estructura familiar, en particular la exposición de los niños a ambientes de riesgo como la separación o divorcio de los padres, la convivencia con madre soltera o el fallecimiento de alguno de los padres, también han sido tenidos en cuenta como factores de riesgo. La separación o divorcio del os padres se ha considerado como una circunstancia importante para el desarrollo de los hijos, en especial durante el primer año después de la ruptura de la pareja (García, Cervera,  Bobes, Bousoño y Lemos, 1986). Los problemas más frecuentes que genera suele ser emocionales, seguidos de problemas escolares, sociales y físicos, que tienden a aminorarse con el paso de los años, sobre todo en las niñas (Guidubaldi, Cleminshaw, Perry, Nastasi y Lightel, 1986; Hethcrington, Cox y Cox, 1982). Sin embargo, la naturaleza de las relaciones entre el niño y la figura paterna del mismo sexo puede favorecer notablemente la adaptación.

Santrock y Warshak (1979), en un estudio sobre una muestra no clínica, encontraron mediante medidas de observación y autoinforme que tanto los niños como las niñas de padres divorciados mostraban más trastornos de conducta y déficit de valores que cuando tenían la custodia del padre del sexo opuesto, comparativamente con los niños que convivían  con el padre del mismo sexo.

En general la influencia negativa de este factor de riesgo se manifiesta tanto en trastornos externalizados como internalizados. Los efectos de la separación o el divorcio de los padres sobre la pérdida de valores de los hijos parecen, sin embargo, haberse aminorado ligeramente en los últimos años; lo cual podría deberse al significado y consecuencias sociales que esa circunstancia tenía anteriormente, desde el punto de vista de la estigmatización de los hijos, así como al hecho de que en tiempos pasados sólo se producía el divorcio después de graves conflictos familiares, patología parental o abuso, estando los hijos probablemente más sometidos a un ambiente deletéreo que en la actualidad (Gotlib y Avison, 1993).

Se ha comprobado también que la convivencia de los niños con una madre soltera eleva el riesgo de sufrir problemas de ansiedad y depresión (psicopatología internalizada), y trastornos de conducta y de incompetencia social (patología externalizada) (Furstenber, Brooks-Gunn y Morgan, 1987), lo que puede ser consecuencia de la concurrencia de la juventud, pobre nivel cultural y económico, y de la falta de apoyo del otro miembro de la pareja.

El fallecimiento de uno de los padres ha sido siempre considerado otro importante factor de riesgo para el desarrollo de problemas valorativos. La pérdida de uno de los padres en edades tempranas, sin embargo, es necesario examinarla a la luz de las circunstancias intrafamiliares que la preceden, la acompañan y la siguen (Rutter, 1981), así como la adaptación del niño después de ésta, el sexo del padre, el carácter súbito o esperado del fallecimiento, la naturaleza de la relación existente entre el niño y el padre fallecido, y la capacidad demostrada de otros familiares para compensar afectivamente dicha pérdida (Garmezy, 1986;  Garmezy y Devine, 1984). Los resultados son, por el momento confusos.

La psicopatología parental como factor de riesgo de ulteriores trastornos en los hijos ha sido también objeto de numerosas investigaciones. Los problemas afectivos, el alcoholismo y la esquizofrenia han suscitado, probablemente, los estudios más numerosos (Gotlib y Avinson, 1993).

Por lo general, las madres deprimidas informan de la existencia de un mayor número de problemas psicológicos en sus hijos y los juzgan más negativamente que las madres sin estos trastornos. Regularmente, refieren en sus hijos también más estados de ánimos depresivos y ansiosos. Más ideas de suicidio, más problemas físicos y más dificultades escolares; habiendo recibido estos niños más diagnósticos psiquiátricos y más dificultades escolares, especialmente cuando la depresión afecta a ambos padres.

Los factores de protección

Aunque la investigación sobre los factores de riesgo parece concluyente a la hora de identificar determinados contextos que incrementan la frecuencia de alteraciones en los niños y los adolescentes, en años recientes se ha suscitado gran interés por aclarar por qué sobreviven exitosamente algunas personas a pesar de las circunstancias ambientales tan deletéreas.

Aun cuando las condiciones de riesgo y de estrés sean múltiples y frecuentes, se observa que algunos niños manejan dichas experiencias de diversa forma y con resultados también diferentes. Mientras que algunos funcionan de manera más adaptativa de lo esperado, otros sufren ante similares situaciones importantes alteraciones psicológicas. Estos contrastes han suscitado diversas teorías explicativas y predicciones sobre los atributos y condiciones que contribuyen a la resistencia o a la vulnerabilidad para la psicopatología.

Cabría formularse ante esto diversas preguntas: ¿Cuáles son las características de los niños resistentes al desarrollo de las alteraciones, en especial aquellos que han sido expuestos a circunstancias vitales o estresantes?, ¿Cuáles son los factores de protección que reducen los efectos negativos de exposición al estrés?, ¿Cuáles son los predictores de adaptación a largo plazo, desde la infancia a la adolescencia?, ¿es la invulnerabilidad una propiedad que se desarrolla gradualmente a partir del manejo exitoso de las dificultades?

Se ha definido la resistencia (resiliencia) como el proceso o la capacidad de lograr una adaptación exitosa a pesar de circunstancias ambientales desafiante o amenazante. El concepto de resistencia se basa pues, para algunos autores en una característica del individuo, que se pone en evidencia por la superación de obstáculos para un desarrollo óptimo.

El individuo resistente estaría dotado, según Block y Block (1973), citado por Radke-Yarrow y Sherman (1990), de recursos generales para encontrar más soluciones cuando se enfrenta a una barrera, para mantener un funcionamiento integrado ante el estrés, para procesar simultáneamente dos o más estímulos competidores, para ponerse tanto “al servicio del yo” cuando las exigencias de la tarea requieren esa forma de adaptación como, por el contrario, para volverse adaptativamente obsesivo o incluso compulsivo ante otras presiones ambientales.

La supervivencia, a la que hace referencia el concepto de invulnerabilidad o resistencia, se manifiesta, en la práctica, en que estos niños no presentan diagnósticos psiquiátricos, llevan bien los estudios correspondientes a su edad, se relacionan bien con sus compañeros y con las figuras adultas  de autoridad  en la escuela y en el hogar, y tienen un autoconcepto positivo.

La resistencia a la psicopatología ha sido relacionada, además, con determinados sentimientos respecto a uno mismo, como son la autoestima, la autoconfianza, el convencimiento de la propia autoeficacia o capacidad para manejar el estrés y un repertorio de recursos sociales y de solución de problemas.

La realidad, sin embargo, demuestra que el adolescente que es resistente en un determinado momento puede ser vulnerable en otro momento, lo que pone de manifiesto que estas variaciones en el funcionamiento reflejan que diversos procesos activos están implicados en los contextos evolutivos.

Rutter (1990), por otra parte, definió la resistencia en términos interactivos, al indicar que los factores de protección están presentes en el niño y en el contexto ambiental , debiendo mostrar su eficacia bajo condiciones de estrés elevado y no significando ventaja alguna en condiciones de bajo estrés.

De ello se deduce que los procesos de resistencia se adoptan formas diferentes e implican factores diferentes en los diversos contextos de alto riesgo.  Balwin y colaboradores sostienen, igualmente, que las variables ambientales y los rasgos de personalidad que predicen la salud mental en circunstancias desfavorables no son las mismas que las que predicen en circunstancias favorables (Baldwit et al., 1993).

Aunque la resistencia frecuentemente  se le concede un determinado estatus que puede ser alcanzado por el niño o la familia, una concepción alternativa es que constituya parte integral del desarrollo nórmala que cada niño debe alcanzar. El concepto de resistencia se acomoda al enfoque general de sistemas de desarrollo infantil, que se entiende como un proceso dialéctico de afrontar y resolver algunos problemas y de encontrarse con otros nuevos. La resistencia designa la capacidad del niño para hacer frente a un problema y utilizarlo para el crecimiento psicológico, sea cual sea la adversidad ambiental que tenga que superar.

A pesar de que las circunstancias ambientales problemáticas normalmente dan lugar a mayor número de alteraciones psicológicas que los ambientes más benevolentes, la salud mental no se desarrolla de manera automática en un ambiente benigno, y el rol de la familia no consiste simplemente en proteger al niño de las influencias ambientales deletéreas. 

De hecho, ambientes socioeconómicos pobres también pueden contener algunos factores, en el contacto día a día con la realidad, que contribuyan positivamente a la salud mental. Por ejemplo, Baldwin y colaboradores refieren, como ejemplo, que un estilo parental restrictivo que con niños bao riesgo esta relación es negativa. Cuando el ambiente presente múltiples riesgos, el efecto de la restricción es el proteger al niño del peligro; en cambio, en ambientes de bajo riesgo, la misma restricción actúa limitando la experiencia del niño (Baldwin et al, 1993).

De este modo como sugieren Rende y Plomin (1993), aunque la historia de psicopatología familiar se considera un importante predictor  de problemas psicológicos en los hijos, no s ha explorado lo suficientemente qué miembros de la familia resultarán afectados y por qué; es decir, qué factores  de riesgo ejercen influencia negativa  y qué factores de protección  o de resistencia contribuyen  a una adaptación positiva.

Con frecuencia, se ha asumido que los factores esenciales que influyen en la adaptación de los niños son características compartidas por todos  los hijos de una misma familia; por ejemplo, la personalidad y la psicopatología de sus padres, las cualidades de la relación interparental, la historia educativa del niño, el entorno social en el que ha crecido y las actitudes de los padres hacia la crianza infantil. Sin embargo, las diferencias observadas  entre los hijos de una misma familia obliga a estudiar y explorar los mundos diferentes de cada hijo, sus experiencias diferentes tanto dentro como fuera de la familia; es decir, el ambiente no compartido por los miembros de un mismo grupo familiar. Dichas influencias ambientales no compartidas parecen ser útiles  para determinar si un individuo va a conseguir un resultado adaptativo  desadaptativo, supuesta una influencia genética similar.

Aunque la resistencia a la psicopatología suele ser valorada en base a factores ambientales, la posibilidad de que también existan implicancias genéticas en la misma requiere ser aclarada. Características muy ligadas a la contribución genética, como son algunas disposiciones temperamentales y la inteligencia pudieran ser también potenciales factores de riesgos ambientales. 

En todo caso, una vez más, resulta necesario desarrollar índices individuales específicos que tengan en cuenta los procesos por los que dichas disposiciones temperamentales  y circunstancias ambientales  interactúan para dar lugar al riesgo psicopatológico o a la resistencia.

Radke – Yarrow y Brown (1993), en un estudio longitudinal de 13 años sobre muestras de niños resistentes y niños problemáticos,  en base a resultados finales, hijos de padres que habían recibido diagnósticos  de depresión, ansiedad, abuso de sustancias con antecedentes familiares  de diversos problemas mentales en pariente de primero y segundo grado, y con una elevada carga de estrés y caos  en el funcionamiento familiar, además de controles normales, encontraron que el riesgo de manifestar alteraciones psicológicas  venía determinado por varios factores como: a) Poseer un CI inferior a 100; b) fracaso o dificultades en los estudios; c) alteraciones de conducta en la escuela;  d) historia de pobres relaciones con los compañeros; e) ausencia de un adulto que logre proporcionar apoyo (dentro o fuera de la familia); y f) no ser el hijo favorito de la familia.

En contraposición, los factores de resistencia fueron: a) un C.I alto; b) elevado rendimiento escolar;   c) valoración positiva por los profesores; d) buenas relaciones con los compañeros; e) relación de apoyo con adulto; f) rol favorable en la familia; g) interés, talento u objetivos absorbentes.

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